Sunday, January 22, 2006

¡Cara de Chucho!

¡Cara de chucho!


Cuando era niño, viví en los barrios pobres de Medina y Concepción de San Pedro Sula. En aquellas calles deambulaban, con el rumbo y la mente incierta, mujeres que llevaban cubierta la cabeza con medias elásticas, chalinas o charras. Con su discurso incoherente, se sonreían espontáneamente, sin asomo de agresividad. Recuerdo algunos nombres: Celia, Blanca, María… Los transeúntes les gritaban en forma violenta: ¡locas!, ¡locas!; y después les lanzaban una lluvia de piedras. En muchas ocasiones, las autoridades querían ver limpia la ciudad y su conciencia: las amarraban y las tiraban en la cárcel.

Otra imagen que tengo es la de Camencho, quien pasaba en la entrada de la iglesia contando sin parar las cuentas de su rosario. Tenía su propio monólogo y sonreía a quien se le acercaba. Nunca observé compasión en las personas que transitaban cerca de él; por el contrario, en aquella atmósfera de desamor era constante un espíritu burlesco y cruel.

Mi primera lección escolar sobre la violencia ocurrió a los seis años, cuando el profesor fue obligado por las autoridades a que fuéramos a presenciar el fusilamiento de un preso. Aquello parecía un acto normal y no de espantosa locura. Aún está viva y angustiosa la memoria de mis lágrimas infantiles; cuando tuve que ver cómo, al darle el tiro de gracia a aquel ser humano, le destrozaron la tapa de los sesos. Lloramos casi a escondidas; porque desde pequeños nos metieron en la cabeza que “los hombres no lloran”.

Entre mis amigos había un niño que se llamaba Miguel, bastante introvertido. Era huérfano de padre y madre y la única familia que tenía era su abuela Sara. En forma despectiva, otros niños le decían “Miguelucho, cara de chucho”. A temprana edad aprendí que los apodos son degradantes porque Miguel se sentía humillado cuando lo comparaban con un animal, flaco y sarnoso, como suelen ser los “chuchos” callejeros.

Con él fuimos testigos oculares de la violencia, crecimos en aquel barrio Concepción que estaba ubicado en la cercanía de los burdeles y las cantinas. Los “campeños”, trabajadores de las compañías bananeras, cuando se emborrachaban, se mataban a machetazos. En más de una ocasión vimos el corte de una mano o el disparo mortal contra un joven por parte de las autoridades que patrullaban las calles.

Doña Sara, la abuela de Miguel, murió de cuarenta años; sin embargo, debido al sufrimiento aparentaba ser octogenaria. Aquel suceso fue otro trauma para la vida de Miguel; pero inmediatamente Doña Josefa, que vendía atole en las calles, lo acogió en el seno de su familia. Así aprendí que las mujeres desposeídas e inmersas en la miseria poseen la divina gracia de la solidaridad.

En cierta ocasión, cuando tenía casi ocho años; entre las dos y tres de la madrugada, escuché un grito desesperado: “¡Toña, mataron a su marido!”. Salí corriendo con mi madre y al llegar al lugar, vi el cuerpo casi decapitado de mi padre. Lo habían asesinado por “mandado”, para quitarle un pedazo de tierra. Desde esa época hasta ahora todos los días me despierto en las primeras de la madrugada, casi a la hora de aquel desgraciado suceso.

Otra agresión común era contra los transvestistas y los homosexuales. Había uno que le decían “Pollino”; porque se vestía como mujer y era además de la raza negra, le gritaban terribles insultos racistas y homofóbicos.

Entre Miguel y yo, existía una profunda diferencia: yo crecí junto a mi madre, quien siempre me hablaba acerca de una visión ecuménica de la vida, me relataba sus sueños y se preocupaba por mi superación futura. Miguel, en cambio, era un huérfano total de amor y de comprensión.

El hecho de vivir en aquellos barrios era en sí un estigma porque nos decían los de “abajo de la línea” (del ferrocarril). Sin embargo, recuerdo que en otros barrios por “arriba de la línea”, también había personas que gritaban, escupían, lanzaban piedras y hacían mofa de las “locas o locos, homosexuales y prostitutas”; y que traumatizaban a sus hijos cuando los llevaban a los burdeles para que aprendieran a ser machos.

Pasaron los años. Cuando cursaba la carrera de medicina, en el anexo al Hospital General San Felipe, existía un manicomio. En una de sus salas; que recordaba a una sórdida prisión, me encontré con un hombre que estaba todo sucio y amarrado con una camisa de fuerza. Era mi amigo de infancia. Se mostraba envejecido y desdentado. Al reconocerme, o suponer que me reconoció, lágrimas adelgazadas asomaron de sus ojos abismales y, al mismo tiempo, una sonrisa que era como una flor de esperanza en aquel desierto de sufrimiento. Al abrazar aquel cuerpo amarrado también liberé lágrimas atadas por el dolor y la vergüenza de sentirme parte de un sistema carcelario. Intenté hacer lo que pude para que mi amigo tuviera un mejor tratamiento; pero Miguel estaba frágil y una neumonía se sumó al vía crucis de su vida. Murió dos semanas después. Nunca pudimos conversar sobre su vida después de la infancia.

Me tocó presentar su “caso”. Miguel tenía el diagnóstico de esquizofrenia. Aquellas primeras y crueles experiencias me enseñaron que la enfermedad “mental” está asociada con la pobreza, la injusticia y el desamor. En consecuencia, la esquizofrenia no sólo puede ser explicada en base a una concepción hereditaria de las enfermedades sino que las condiciones ambientales, económicas y sociales pueden modificar los patrones genéticos. En mi servicio humanitario como médico, cada vez que me toca atender a mis compañeros, hermanos o amigos (porque no me gusta usar los términos de paciente o cliente) con trastornos emocionales o mentales me acuerdo de Miguel, de mi amigo “Miguelucho, cara de chucho”.

Sé del caso de Clarita, una madre soltera con cinco hijos. Tenía alucinaciones: escuchaba voces que la maltrataban; tenía dificultad para identificarse a sí misma y cumplía todos los criterios médicos para ser considerada en estado de psicosis o locura. La desesperación ocasionada por el estado de pobreza la hacía delirar; sin embargo, funcionaba bien vendiendo en las calles para alimentar a sus hijos. Una pequeña ayuda que mejoró su situación económica, escucharla y conversar varias veces con ella de manera natural, la sacó de su estado de “locura”.

Y de Clemencia, de setenta años. El motivo de su consulta era porque había visto la “imagen de Jesús”. Las voces le decían que era mala y que por lo tanto debía morir. La escuché con atención y le dije: “Yo creo en lo que usted dice”. El canal de comunicación se abrió con alegría. “Es bueno –me dijo- que alguien nos escuche y crea lo que decimos”. ¿Qué le gusta hacer para distraerse?, continué: Cantar, dijo. La alegría se asomó en sus ojos cuando le pregunté: ¿le gustaría que cantáramos juntos?. Me enseñó una canción y aquel dúo –bastante desafinado por mi parte- fue escuchado con sorpresa por las personas que esperaban en la clínica. Algunos creían que yo también había perdido el juicio, porque raras veces los galenos cantamos con los pacientes. Clemencia me enseñó que la música, la compasión y el cariño son también excelentes medicinas.
Miguel, Clara y Clemencia han sido mis grandes maestros para entender que la verdadera locura está en los fundamentalistas y negociantes de la guerra, en el racismo, en el diseño y aplicación de leyes fascistas que han convertido al mundo de los pobres de Honduras en un componente más de la inmensa cárcel de la humanidad.

¡Cara de chucho!

¡Cara de chucho!


Cuando era niño, viví en los barrios pobres de Medina y Concepción de San Pedro Sula. En aquellas calles deambulaban, con el rumbo y la mente incierta, mujeres que llevaban cubierta la cabeza con medias elásticas, chalinas o charras. Con su discurso incoherente, se sonreían espontáneamente, sin asomo de agresividad. Recuerdo algunos nombres: Celia, Blanca, María… Los transeúntes les gritaban en forma violenta: ¡locas!, ¡locas!; y después les lanzaban una lluvia de piedras. En muchas ocasiones, las autoridades querían ver limpia la ciudad y su conciencia: las amarraban y las tiraban en la cárcel.

Otra imagen que tengo es la de Camencho, quien pasaba en la entrada de la iglesia contando sin parar las cuentas de su rosario. Tenía su propio monólogo y sonreía a quien se le acercaba. Nunca observé compasión en las personas que transitaban cerca de él; por el contrario, en aquella atmósfera de desamor era constante un espíritu burlesco y cruel.

Mi primera lección escolar sobre la violencia ocurrió a los seis años, cuando el profesor fue obligado por las autoridades a que fuéramos a presenciar el fusilamiento de un preso. Aquello parecía un acto normal y no de espantosa locura. Aún está viva y angustiosa la memoria de mis lágrimas infantiles; cuando tuve que ver cómo, al darle el tiro de gracia a aquel ser humano, le destrozaron la tapa de los sesos. Lloramos casi a escondidas; porque desde pequeños nos metieron en la cabeza que “los hombres no lloran”.

Entre mis amigos había un niño que se llamaba Miguel, bastante introvertido. Era huérfano de padre y madre y la única familia que tenía era su abuela Sara. En forma despectiva, otros niños le decían “Miguelucho, cara de chucho”. A temprana edad aprendí que los apodos son degradantes porque Miguel se sentía humillado cuando lo comparaban con un animal, flaco y sarnoso, como suelen ser los “chuchos” callejeros.

Con él fuimos testigos oculares de la violencia, crecimos en aquel barrio Concepción que estaba ubicado en la cercanía de los burdeles y las cantinas. Los “campeños”, trabajadores de las compañías bananeras, cuando se emborrachaban, se mataban a machetazos. En más de una ocasión vimos el corte de una mano o el disparo mortal contra un joven por parte de las autoridades que patrullaban las calles.

Doña Sara, la abuela de Miguel, murió de cuarenta años; sin embargo, debido al sufrimiento aparentaba ser octogenaria. Aquel suceso fue otro trauma para la vida de Miguel; pero inmediatamente Doña Josefa, que vendía atole en las calles, lo acogió en el seno de su familia. Así aprendí que las mujeres desposeídas e inmersas en la miseria poseen la divina gracia de la solidaridad.

En cierta ocasión, cuando tenía casi ocho años; entre las dos y tres de la madrugada, escuché un grito desesperado: “¡Toña, mataron a su marido!”. Salí corriendo con mi madre y al llegar al lugar, vi el cuerpo casi decapitado de mi padre. Lo habían asesinado por “mandado”, para quitarle un pedazo de tierra. Desde esa época hasta ahora todos los días me despierto en las primeras de la madrugada, casi a la hora de aquel desgraciado suceso.

Otra agresión común era contra los transvestistas y los homosexuales. Había uno que le decían “Pollino”; porque se vestía como mujer y era además de la raza negra, le gritaban terribles insultos racistas y homofóbicos.

Entre Miguel y yo, existía una profunda diferencia: yo crecí junto a mi madre, quien siempre me hablaba acerca de una visión ecuménica de la vida, me relataba sus sueños y se preocupaba por mi superación futura. Miguel, en cambio, era un huérfano total de amor y de comprensión.

El hecho de vivir en aquellos barrios era en sí un estigma porque nos decían los de “abajo de la línea” (del ferrocarril). Sin embargo, recuerdo que en otros barrios por “arriba de la línea”, también había personas que gritaban, escupían, lanzaban piedras y hacían mofa de las “locas o locos, homosexuales y prostitutas”; y que traumatizaban a sus hijos cuando los llevaban a los burdeles para que aprendieran a ser machos.

Pasaron los años. Cuando cursaba la carrera de medicina, en el anexo al Hospital General San Felipe, existía un manicomio. En una de sus salas; que recordaba a una sórdida prisión, me encontré con un hombre que estaba todo sucio y amarrado con una camisa de fuerza. Era mi amigo de infancia. Se mostraba envejecido y desdentado. Al reconocerme, o suponer que me reconoció, lágrimas adelgazadas asomaron de sus ojos abismales y, al mismo tiempo, una sonrisa que era como una flor de esperanza en aquel desierto de sufrimiento. Al abrazar aquel cuerpo amarrado también liberé lágrimas atadas por el dolor y la vergüenza de sentirme parte de un sistema carcelario. Intenté hacer lo que pude para que mi amigo tuviera un mejor tratamiento; pero Miguel estaba frágil y una neumonía se sumó al vía crucis de su vida. Murió dos semanas después. Nunca pudimos conversar sobre su vida después de la infancia.

Me tocó presentar su “caso”. Miguel tenía el diagnóstico de esquizofrenia. Aquellas primeras y crueles experiencias me enseñaron que la enfermedad “mental” está asociada con la pobreza, la injusticia y el desamor. En consecuencia, la esquizofrenia no sólo puede ser explicada en base a una concepción hereditaria de las enfermedades sino que las condiciones ambientales, económicas y sociales pueden modificar los patrones genéticos. En mi servicio humanitario como médico, cada vez que me toca atender a mis compañeros, hermanos o amigos (porque no me gusta usar los términos de paciente o cliente) con trastornos emocionales o mentales me acuerdo de Miguel, de mi amigo “Miguelucho, cara de chucho”.

Sé del caso de Clarita, una madre soltera con cinco hijos. Tenía alucinaciones: escuchaba voces que la maltrataban; tenía dificultad para identificarse a sí misma y cumplía todos los criterios médicos para ser considerada en estado de psicosis o locura. La desesperación ocasionada por el estado de pobreza la hacía delirar; sin embargo, funcionaba bien vendiendo en las calles para alimentar a sus hijos. Una pequeña ayuda que mejoró su situación económica, escucharla y conversar varias veces con ella de manera natural, la sacó de su estado de “locura”.

Y de Clemencia, de setenta años. El motivo de su consulta era porque había visto la “imagen de Jesús”. Las voces le decían que era mala y que por lo tanto debía morir. La escuché con atención y le dije: “Yo creo en lo que usted dice”. El canal de comunicación se abrió con alegría. “Es bueno –me dijo- que alguien nos escuche y crea lo que decimos”. ¿Qué le gusta hacer para distraerse?, continué: Cantar, dijo. La alegría se asomó en sus ojos cuando le pregunté: ¿le gustaría que cantáramos juntos?. Me enseñó una canción y aquel dúo –bastante desafinado por mi parte- fue escuchado con sorpresa por las personas que esperaban en la clínica. Algunos creían que yo también había perdido el juicio, porque raras veces los galenos cantamos con los pacientes. Clemencia me enseñó que la música, la compasión y el cariño son también excelentes medicinas.
Miguel, Clara y Clemencia han sido mis grandes maestros para entender que la verdadera locura está en los fundamentalistas y negociantes de la guerra, en el racismo, en el diseño y aplicación de leyes fascistas que han convertido al mundo de los pobres de Honduras en un componente más de la inmensa cárcel de la humanidad.

Vos parecés vago

¡Vos parecés vago!


Cuando era niño, mi madre, me enseñó a ser limpio y a vestir sencillo. Siendo costurera de una fábrica me hacía los pantalones con retazos de las ropas viejas o bien camisas con las mantas de los sacos que contenían harina. Algunas de mis camisas tenían gallitos o espigas de trigo; razón por la cual fui objeto de burla en la escuela y en el colegio, mas nunca me sentí avergonzado de usar aquella ropa que con tanto amor ella costuraba.

Para esa época los zapatos se llamaban “burros” porque eran pesados y duros; aunque con el tiempo, con tanto uso y por no poder comprar otros, aparecían los hoyos y las suelas se abrían al dar los pasos. Los amigos me decían que mis zapatos “ladraban”. De hecho, uno de mis compañeros de colegio me manifestó en forma sarcástica y naturalmente cruel: “ustedes los que viven por debajo de la línea del ferrocarril y que usan ropa hecha con los sacos de harina nunca van a superarse; yo voy a ser ingeniero y vos vas a ser un “pobre diablo mecapalero”.

Recuerdo el examen final del curso de Anatomía del primer año de la carrera de medicina. Era una prueba oral muy difícil realizada por un docente diferente al profesor de la clase. Este examen era el pánico o la “cocora” de todos. Cuando entré al aula el examinador, nada amigable, en tono soberbio y enojado me dijo: “salí inmediatamente de esta aula porque parecés un vago y no un estudiante de medicina; ¿cómo es posible que te presentés sin saco y sin corbata?”. Me sentí humillado. Sin embargo, me disculpé ante el profesor y le dije que regresaría pronto con la ropa apropiada. La verdad es que por razones económicas no tenía este tipo de vestido; afortunadamente un compañero que estaba afuera en una de las bancas me prestó su traje, cuyas dimensiones duplicaban las de mi cuerpo.

Aprobé el examen de Anatomía con el 100% y el examinador me felicitó y dijo: “si vas a ser médico tenés que andar bien vestido”. Me despedí de él respetuosamente sin ninguna explicación, mientras lágrimas de coraje y alegría asomaban en mis ojos. En realidad había momentos, cuando estudiaba medicina, en que me apretaba la faja para calmar el hambre. Por otra parte me desvelaba; ya que tenía que esperar a que mis compañeros se durmieran, para poder utilizar sus libros puesto que no había dinero para alimentos, y ropa “elegante”; menos para libros.

Estas experiencias me enseñaron a no tener prejuicio con las formas de vestir. Desde entonces el traje formal raras veces me lo he puesto; excepto en aquellas circunstancias en que no hacerlo podría considerarse ofensivo para ciertas personas.

El andar con sandalias me ha ocasionado algunos problemas. Una vez que me encontraba en una librería, pude observar cómo una respetable y religiosa señora dirigía su mirada de censura hacia mis pies. Se me acercó y muy amablemente me dijo: “no entiendo como una personalidad como usted se degrada usando esas sandalias”, para luego regalarme una serie de elogios que era el envoltorio de los dardos ofensivos. Muy tranquilo le manifesté que Jesús y Gandhi también usaron sandalias. Un poco sonrojada expresó que “en realidad había olvidado ese detalle”.
Durante el Huracán Fifí, en septiembre de 1974, siendo Decano de la Facultad de Ciencias Médicas, me desplacé casi de inmediato a la Costa Norte. Se trataba de una emergencia para la que diez mil estudiantes universitarios se movilizaron en forma generosa. Dormía tres horas diarias en el piso de la Escuela Francisco Morazán, en San Pedro Sula y trabajamos día y noche durante tres meses. La enseñanza la desarrollamos con la realidad de las comunidades: los estudiantes hacían su práctica contribuyendo a la reconstrucción de Honduras. Fui objeto de críticas no tanto por la reforma educativa que estaba llevando a cabo sino porque “todo un decano” andaba con los pantalones y los zapatos enlodados; en realidad yo funcionaba como motorista, conserje, atendía como médico y además ayudaba a sacar personas de los ríos inundados.

Para mis detractores siendo una autoridad universitaria tenía que andar de saco y corbata y en un buen carro ya que el mío era tan viejo que tenía goteras cuando llovía.
La caja de transmisión sólo tenía tres cambios, primera, segunda y tercera y no servía el retroceso. Pensaba que eso era así “¡tal vez porque siempre me ha gustado andar para adelante”!

Cuando el terremoto de Guatemala, que ocurrió en febrero de 1976, un grupo de voluntarios hondureños médicos y enfermeras trabajamos intensamente sobre todo en las zonas indígenas que eran casi inaccesibles. Algunos académicos me invitaron al Consejo Universitario (en Guatemala, por supuesto) donde me presenté con las ropas sucias de trabajo; pero la reunión era tan solemne que mejor decidí irme a continuar mi trabajo en las zonas indígenas. Con posterioridad envié una carta para informar acerca de mis experiencias y de la solidaridad hondureña, que fue excelente. Estas vivencias me han enseñado a que no debemos estigmatizar a las personas por el traje o los zapatos. Pero en nuestro país hay una ley que discrimina a los pobres y los califica como vagos y delincuentes: es la “Ley de la Convivencia Social”. Estas leyes reproducen las políticas racistas, injustas e inhumanas que los colonizadores, neocolonialistas y el capitalismo globalizante históricamente han implementado de manera autoritaria en Honduras.

Todavía sigo soñando en que algún día podremos ver a mis compatriotas, sean niños o niñas, mujeres u hombres, con un traje sencillo que sea accesible para cada persona; que también pueda servir para el trabajo, las ceremonias, las fiestas y sea al mismo tiempo todo un símbolo de nuestra identidad cultural.

El país de la inmensa pesadilla

El país de la inmensa pesadilla

Juan Almendares

Hoy tenemos la obligación moral de decir la verdad y trabajar por descubrirla. Vivimos en el mundo del engaño y del autoengaño. Todo está encubierto bajo el ropaje de la falsedad. Permitir el engaño es ser traidores a uno mismo; a las presentes y futuras generaciones. Es hacer sostenible la desvergüenza. Es aceptar en forma inexorable que nos llevan como reses al matadero y, babeando como tales, dejamos que las cosas ocurran. Porque somos conformistas con el estatus quo, simplemente indiferentes, partidarios del genocidio y, por qué no decirlo, cómplices de la corrupción y la infamia.

Esta conducta sádica, masoquista y bochornosa ha conducido hasta el aplauso del crimen y a festejar la pena de muerte y la justicia por las propias manos. Se habla del respeto a la ley, sin embargo, la impunidad de los funcionarios corruptos y de los que asesinan niños y jóvenes campea victoriosa en los círculos de nuestra galopante “democracia”. Los procesos judiciales de un pobre duran una eternidad; mientras que los de un poderoso se resuelven en minutos; basta con una llamada telefónica, a veces con un guiño o un gesto, para resolver los casos. Se responsabiliza a los que no son culpables y se crean chivos expiatorios Si hay una masacre o un genocidio se culpa a los agentes policiales de bajo rango y las propias victimas son acusadas como victimarios. La cronología y la lógica de los acontecimientos está trastrocada y, por lo tanto, la narración jurídica de los sucesos resulta no sólo inverosímil sino con falta de ingenio para inventar un relato que no corresponde a la realidad.

Cada día me levanto y me pregunto: ¿Hasta cuándo saldremos de esta pesadilla de mentiras y de manipulación? Los eventos sobre la reducción de la pobreza se desarrollan en los lujosos hoteles. Cuando toman posesión los nuevos gobiernos se gastan millones de lempiras en actos suntuarios. Son contratados artistas foráneos con pagos exorbitantes, mientras los niños y las niñas se mueren de hambre y se destina un exiguo presupuesto al desarrollo del arte nacional. Cuando se medita sobre la vida en un país que se muere cada día, ya no se trata de la agonía de un individuo o una familia, es la muerte de una nación. Se patrocina el engaño y todos disfrutamos del evento. Es el soliloquio de un pueblo en el que cada uno considera que se miente. No hay credibilidad en los dirigentes. Todos formamos parte de este circo como si fuera una farándula trágica que juega con la vida y el destino de las personas.

Si son técnicos dicen que somos capaces de competir con los países grandes en materia de comercio y nos hacen tragar un tratado de libre comercio cuando sabemos que no somos un país libre ni podemos competir con el capital de un país poderoso. Es como si un muchacho desnutrido y hambriento se pusiera a pelear con un boxeador peso pesado, bastaría un pequeño empujón o golpecito para descalabrar los huesos del famélico cuerpo. Se ha vendido la patria y la vida del pueblo, el suelo, el agua, el bosque y las montañas; las plantas y los animales. Se oculta la contaminación con los plaguicidas y la industria minera, las graves enfermedades que ocasionan los residuos tóxicos: cáncer, alergias y enfermedades sistémicas. En el marco de esta ficción las empresas ofrecen la lluvia de dólares; ofertas que sólo existen en las fantasías creadas por el poder del capitalismo global y deshumanizado.

El pueblo amanece con el cuerpo adolorido, como si lo hubieran apaleado. No concilia el sueño, las pesadillas se presentaban con más frecuencia y se interrumpe el sueño. Porque este país es… una inmensa pesadilla.

Después de una larga meditación me pregunto: ¿Qué estoy haciendo en un mundo donde predomina la farsa y la mentira? Vivimos en un espejismo donde la educación y la vida están construidas a base de mentiras e ideas creadas para engañar. El garrote electrónico nos atonta y distorsiona la realidad tal cual es. Es el mundo de la quimera. Cuando se ve la televisión existe ausencia de programas que reafirmen nuestra cultura. Los cables televisivos han inundado el espacio virtual de violencia, de consumo de drogas y alimentos basura que se promueven inmoralmente –y sin impuestos- para todas las edades.

La pornografía y la mujer como objeto sexual está a la orden del día y los héroes y las heroínas nacionales y del tercer mundo han sido borrados de la mente de la niñez y de la juventud; predominan por el contrario las tiras violentas, Supermán, Tarzán, la Mujer Maravilla, Batmán; el Hombre Araña y las guerras de las Galaxias. Las noticias en su mayoría tienen un carácter amarillista. Las grotescas violaciones a los derechos humanos aparecen como victorias de los violadores y el escenario de la infamia violenta la dignidad y hasta la muerte y el dolor de las familias. Las conversaciones son vacuas. Se habla sobre las “lanadas” de los politiqueros, a quienes se aplaude por enriquecerse a costa del hambre de los niños. Se ha cultivado la costumbre de sacar provecho del otro o de la otra. Hasta algunos líderes religiosos forman parte del escenario de la politiquería y de la farsa al proteger los intereses de los más poderosos. Al pobre se le dice que se irá al infierno aun cuando vive en una realidad que corresponde a los encantos malévolos del Averno.

¿Qué podemos hacer?: Guardar silencio, ponernos la máscara de la hipocresía y de la complicidad. Ser parte del mundo de la infamia o partir de la transformación de cada uno de nosotros, reflexionar, actuar y ser consecuentes con la verdad y con una participación crítica de cambio El pueblo tiene que organizarse para exigir a sus dirigentes que nunca trafiquen con los principios y que antes de pensar en sus intereses lo hagan con el corazón y el cerebro en función del bienestar colectivo para liberarnos de esta inmensa cárcel que nos ha conducido a la indiferencia y a tener una conducta permisiva con el irrespeto a la vida planetaria y a los derechos humanos.

Debemos construir sueños colectivos de libertad y de esperanza. Debemos romper con el círculo vicioso de la farsa. Para que la verdad nos haga libres de este mundo del engaño y de la manipulación.
Enero,2006.
jalmendares@gmail.com