¡Cara de Chucho!
¡Cara de chucho!
Cuando era niño, viví en los barrios pobres de Medina y Concepción de San Pedro Sula. En aquellas calles deambulaban, con el rumbo y la mente incierta, mujeres que llevaban cubierta la cabeza con medias elásticas, chalinas o charras. Con su discurso incoherente, se sonreían espontáneamente, sin asomo de agresividad. Recuerdo algunos nombres: Celia, Blanca, María… Los transeúntes les gritaban en forma violenta: ¡locas!, ¡locas!; y después les lanzaban una lluvia de piedras. En muchas ocasiones, las autoridades querían ver limpia la ciudad y su conciencia: las amarraban y las tiraban en la cárcel.
Otra imagen que tengo es la de Camencho, quien pasaba en la entrada de la iglesia contando sin parar las cuentas de su rosario. Tenía su propio monólogo y sonreía a quien se le acercaba. Nunca observé compasión en las personas que transitaban cerca de él; por el contrario, en aquella atmósfera de desamor era constante un espíritu burlesco y cruel.
Mi primera lección escolar sobre la violencia ocurrió a los seis años, cuando el profesor fue obligado por las autoridades a que fuéramos a presenciar el fusilamiento de un preso. Aquello parecía un acto normal y no de espantosa locura. Aún está viva y angustiosa la memoria de mis lágrimas infantiles; cuando tuve que ver cómo, al darle el tiro de gracia a aquel ser humano, le destrozaron la tapa de los sesos. Lloramos casi a escondidas; porque desde pequeños nos metieron en la cabeza que “los hombres no lloran”.
Entre mis amigos había un niño que se llamaba Miguel, bastante introvertido. Era huérfano de padre y madre y la única familia que tenía era su abuela Sara. En forma despectiva, otros niños le decían “Miguelucho, cara de chucho”. A temprana edad aprendí que los apodos son degradantes porque Miguel se sentía humillado cuando lo comparaban con un animal, flaco y sarnoso, como suelen ser los “chuchos” callejeros.
Con él fuimos testigos oculares de la violencia, crecimos en aquel barrio Concepción que estaba ubicado en la cercanía de los burdeles y las cantinas. Los “campeños”, trabajadores de las compañías bananeras, cuando se emborrachaban, se mataban a machetazos. En más de una ocasión vimos el corte de una mano o el disparo mortal contra un joven por parte de las autoridades que patrullaban las calles.
Doña Sara, la abuela de Miguel, murió de cuarenta años; sin embargo, debido al sufrimiento aparentaba ser octogenaria. Aquel suceso fue otro trauma para la vida de Miguel; pero inmediatamente Doña Josefa, que vendía atole en las calles, lo acogió en el seno de su familia. Así aprendí que las mujeres desposeídas e inmersas en la miseria poseen la divina gracia de la solidaridad.
En cierta ocasión, cuando tenía casi ocho años; entre las dos y tres de la madrugada, escuché un grito desesperado: “¡Toña, mataron a su marido!”. Salí corriendo con mi madre y al llegar al lugar, vi el cuerpo casi decapitado de mi padre. Lo habían asesinado por “mandado”, para quitarle un pedazo de tierra. Desde esa época hasta ahora todos los días me despierto en las primeras de la madrugada, casi a la hora de aquel desgraciado suceso.
Otra agresión común era contra los transvestistas y los homosexuales. Había uno que le decían “Pollino”; porque se vestía como mujer y era además de la raza negra, le gritaban terribles insultos racistas y homofóbicos.
Entre Miguel y yo, existía una profunda diferencia: yo crecí junto a mi madre, quien siempre me hablaba acerca de una visión ecuménica de la vida, me relataba sus sueños y se preocupaba por mi superación futura. Miguel, en cambio, era un huérfano total de amor y de comprensión.
El hecho de vivir en aquellos barrios era en sí un estigma porque nos decían los de “abajo de la línea” (del ferrocarril). Sin embargo, recuerdo que en otros barrios por “arriba de la línea”, también había personas que gritaban, escupían, lanzaban piedras y hacían mofa de las “locas o locos, homosexuales y prostitutas”; y que traumatizaban a sus hijos cuando los llevaban a los burdeles para que aprendieran a ser machos.
Pasaron los años. Cuando cursaba la carrera de medicina, en el anexo al Hospital General San Felipe, existía un manicomio. En una de sus salas; que recordaba a una sórdida prisión, me encontré con un hombre que estaba todo sucio y amarrado con una camisa de fuerza. Era mi amigo de infancia. Se mostraba envejecido y desdentado. Al reconocerme, o suponer que me reconoció, lágrimas adelgazadas asomaron de sus ojos abismales y, al mismo tiempo, una sonrisa que era como una flor de esperanza en aquel desierto de sufrimiento. Al abrazar aquel cuerpo amarrado también liberé lágrimas atadas por el dolor y la vergüenza de sentirme parte de un sistema carcelario. Intenté hacer lo que pude para que mi amigo tuviera un mejor tratamiento; pero Miguel estaba frágil y una neumonía se sumó al vía crucis de su vida. Murió dos semanas después. Nunca pudimos conversar sobre su vida después de la infancia.
Me tocó presentar su “caso”. Miguel tenía el diagnóstico de esquizofrenia. Aquellas primeras y crueles experiencias me enseñaron que la enfermedad “mental” está asociada con la pobreza, la injusticia y el desamor. En consecuencia, la esquizofrenia no sólo puede ser explicada en base a una concepción hereditaria de las enfermedades sino que las condiciones ambientales, económicas y sociales pueden modificar los patrones genéticos. En mi servicio humanitario como médico, cada vez que me toca atender a mis compañeros, hermanos o amigos (porque no me gusta usar los términos de paciente o cliente) con trastornos emocionales o mentales me acuerdo de Miguel, de mi amigo “Miguelucho, cara de chucho”.
Sé del caso de Clarita, una madre soltera con cinco hijos. Tenía alucinaciones: escuchaba voces que la maltrataban; tenía dificultad para identificarse a sí misma y cumplía todos los criterios médicos para ser considerada en estado de psicosis o locura. La desesperación ocasionada por el estado de pobreza la hacía delirar; sin embargo, funcionaba bien vendiendo en las calles para alimentar a sus hijos. Una pequeña ayuda que mejoró su situación económica, escucharla y conversar varias veces con ella de manera natural, la sacó de su estado de “locura”.
Y de Clemencia, de setenta años. El motivo de su consulta era porque había visto la “imagen de Jesús”. Las voces le decían que era mala y que por lo tanto debía morir. La escuché con atención y le dije: “Yo creo en lo que usted dice”. El canal de comunicación se abrió con alegría. “Es bueno –me dijo- que alguien nos escuche y crea lo que decimos”. ¿Qué le gusta hacer para distraerse?, continué: Cantar, dijo. La alegría se asomó en sus ojos cuando le pregunté: ¿le gustaría que cantáramos juntos?. Me enseñó una canción y aquel dúo –bastante desafinado por mi parte- fue escuchado con sorpresa por las personas que esperaban en la clínica. Algunos creían que yo también había perdido el juicio, porque raras veces los galenos cantamos con los pacientes. Clemencia me enseñó que la música, la compasión y el cariño son también excelentes medicinas.
Miguel, Clara y Clemencia han sido mis grandes maestros para entender que la verdadera locura está en los fundamentalistas y negociantes de la guerra, en el racismo, en el diseño y aplicación de leyes fascistas que han convertido al mundo de los pobres de Honduras en un componente más de la inmensa cárcel de la humanidad.
